lunes, 17 de agosto de 2015

Circular desde Zabalcoch, Ansó. Faja Beatorre-Camino viejo Ansó-Zuriza

El pasado domingo 9 de agosto nos fuimos con Elia de excursión. La lluvia del sábado había dejado una mañana fresca y agradable para dar un buen paseo por el valle. La elección fue ir a la Faja Beatorre. Se trata de una senda que se adentra en una de las zonas más inhóspitas del valle. El acceso a esta senda se realiza desde el camino que lleva a Idoya y la Cueva Gurrillón desde Zabalcoch.




Este primer tramo de camino, hasta la Era Gurrillón, ya era conocido para Elia donde, como la otra vez que estuvimos, encontramos las "setas mágicas" que cambiaban de color al rasparlas con la uña. Esta vez Elia llevaba preparada su cámara para fotografiar la seta.





Después de lavarnos bien las manos en el Barranco Piero, tras manipular la "seta mágica", y echar un buen trago de agua, enseguida llegamos a la Era Gurrillón. Buena atalaya desde donde observar el valle, da igual hacia el norte que hacia el sur, de una manera muy diferente a lo habitual. Y lugar desde donde nos encauzamos por la senda de la Faja Beatorre.




Se trata de una senda casi desconocida y su uso se restringe a la práctica cinegética como pudimos comprobar al poco de arrancar. Hace unos años se recuperó del olvido gracias a las "pistas" que dió Juan José López, que ya no está entre nosotros, y me apetece recordar, ya que sin sus indicaciones la recuperación hubiera sido un imposible. Era el típico camino que todo el mundo sabía que estaba "por ahí", pero que nadie era capaz de concretar el trazado como él hizo.




Tras unos años de abandono incomprensible, el Parque Natural ha decidido repasarla, tras la insistente solicitud de AND Turismo Rural, Club de montaña Linza y Casa Baretón. Las posibilidades de la senda son muchísimas y la recuperación patrimonial es palpable. Solo falta que quien tiene que dar el paso definitivo para valorarla como se debe, al igual que el resto de senderos del valle, lo haga. 




Disfrutando de uno de los tramos de bosque más espectaculares del valle, llegamos al puente de Salas. Se trata de un puente colgante sobre el Veral que a Elia le hace especial ilusión cruzarlo por su balanceo. Decidimos comer algo antes de cruzarlo, lo que dio pie a que Elia lo recorriera varias veces entre bocado y bocado.




Tras el bocado y cruzar por última vez el puente pasamos por la Borda Ostias y decidimos remontar el valle por su orilla geográfica izquierda siguiendo el camino viejo de Ansó a Zuriza. Hace unos cuantos años este camino también estaba sucio y en desuso. Fue el antiguo Consorcio de Los Valles quien decidió recuperarlo, señalizarlo y divulgarlo. Hoy en día es un camino transitado por mucha gente ayudando notablemente a su mantenimiento.




Elia disfrutaba observando el recorrido realizado desde la otra orilla del río y le parecía mentira que hubiéramos podido pasar por esas zinglas, barrancos y espesuras.




A la altura de la Borda Saletas, donde el Barranco Marcón desemboca en el Veral, el camino viejo de Ansó a Zuriza se solapa con la carretera. Aunque a Elia no le convence lo de caminar por la carretera, me dice que le ha gustado mucho la vuelta y para hacer más llevadero el tramo carretero me invita a hacer el avión, ya que así se nos pasará muchísimo más rápido el trozo asfaltado hasta Zabalcoch.










jueves, 6 de agosto de 2015

Paseo circular desde Tachera. Ansó

Entre el paseo nocturno y que habíamos colocado la tienda de campaña estratégicamente para que no nos entrara el sol temprano, el domingo 26 de julio no madrugamos en absoluto. Elia y el que escribe, nos lo tomamos con calma, y sabiendo que por la tarde tocaba desmontar la tienda, decidimos ir a dar un paseo por Tachera.




Como el calor apretaba, apetecía buscar la sombra del bosque después de coger agua en la fuente. Elia no recordaba la zona pese a que con dos años ya estuvo dando un buen paseo por este tramo.




Al terminar el bosque no se quien sorprendió a quién, pero una buena parvada de buitres salió en estampida ladera arriba para coger vuelo. Estaban dando buena cuenta de unos restos de res muerta. Aunque no era la primera vez que los veía, a Elia le parecieron grandísimos. No es de extrañar porque realmente lo son y verlos de cerca nunca deja de llamar la atención a nadie.




Tras cruzar el barranco de Mazandú fuimos en busca del de Chipeta, a la altura de la cascada, que ya habíamos localizado desde el final del bosque. La bajada, como siempre, invitaba a correr, pero esta vez Elia hizo un alto en el camino para abrazar a un haya. ???. El árbol realmente era imponente pero no más que otros ejemplares de la zona. Al preguntarle tampoco me dio ninguna explicación especial, simplemente le apeteció.




Al llegar al barranco de Chipeta, Elia insistía en preguntar dónde estaba la cascada. Le decía que enseguida llegaríamos pero parecía que tuviera prisa.




El salto impone y no hizo falta insistir mucho para que se agachara en el borde de éste, encontrarse más segura y echar un buen vistazo para ver como caía el agua.




Pasado el barranco de Chipeta nos dirigimos hacia la Loma de Tachera donde la caseta pasa sus últimos días. No se deja de sentir cierta nostalgia al recordar como Andrés "de Elvira" la reparaba y revocaba mientras algunos porteábamos el cemento desde Tachera y recogíamos el agua con un bidón en una de las barranqueras cercanas.





En la bajada decidimos dejar el camino habitual, es decir el GR que enlaza Zuriza y Guarrinza por Petraficha, y bajar directos al barranco. Aunque el agua estaba bastante fresca para pensar en un baño, el lugar es el idóneo para cosas como tirar piedras, coger "zapillones" o simplemente "charquinar".




Las recientes tormentas, además de refrescar el agua, habían dejado lodo en las orillas. Elia descubrió el suave masaje, hasta entonces desconocido, que permite esta circunstancia y lo aprovechó al máximo, permitiendo completar un paseo de disfrute en plena naturaleza.